
Se sentaba todas las tardes en el banco de la izquierda, siempre con ese vestido amapola y sus zapatos desgastados. Escondía en vano su tortura, su soledad, abrazaba con todo su ser a aquel peluche, un oso viejo y desgastado, el cual seguía con la capacidad de meterse por las pupilas y castigarlas hasta que derramaran las primeras lagrimas de la mañana. Mirarla era una trampa para los corazones, un pecado para los ojos y una pugna para el alma.
Yo recordaba el eco de su grito, estaba en mi memoria, era un recuerdo ardiente que me quemaba cada vez que volvía a verla. Cada una de las partes de su cuerpo olía a desdicha ahora y su corazón debía estar marchito de tanto dolor, pero, ¿que sentía en realidad ella? Nadie lo sabía, todos la rodeaban y nadie paraba, nadie se preocupaba de cuando le había salido la última arruga o de si tenía el vestido manchado, de si sus uñan estaban ya desgastadas y amarillas o de si sus rodillas sollozaban de dolor, de por donde habían pasado sus cansados pies ni de porque su voz era de línea descendente. Nadie sabía que paseaba por su mente y ella gritaba en el silencio para que la escucharan.
Les llamaba, nada, no había respuesta, otra vez a consumirse, a marchitarse en ese banco, castigada por las sonrisas de los niños y las cómplices miradas de los amantes. Contaba cada uno de los segundos que pasaban, esperando una voz un: cuanto tiempo, ¿qué tal? , pero se le pasaba pronto, en unos segundos, hasta que todo volvía a empezar.
Lo último que supe de ella era de cómo su voz tiritaba al despedirse, de cómo un sollozo la callaba y un recuerdo la devoraba hasta tumbarla de dolor.
A veces se levantaba, con ánimo de dar un paso más, pero volvía a sentarse, entonces se encogía, se rodeaba con sus brazos y se quedaba quieta, dormida, dejando que su sombra hablara por ella.
No sabían qué hacer con ella, era la desesperación en persona, ella era la causante de la tristeza de los visitantes y los remordimientos de los curiosos, del no saber qué hacer, el arrepentimiento de muchos y la preocupación de pocos.
Pero yo era la culpable de ese estado, yo hacía que se deshiciera lentamente, sintiendo cada uno de los latigazos de sus sentimientos y sin embargo, solo la observaba. Sabía su historia, había estado dos años madrugando para ver si me llegaba alguna carta con esperanza que me dijera que volvería a ser ella, una nota, pero, el buzón siempre estuvo vacío, y las notas parecían escritas bajo el agua. Pero mi corazón aún cree que ella no ha abandonado, que sigue acordándose de mí, de mis locuras y sus broncas, de mi rojo carmín y su rosa palo, de cómo observábamos las luces madrileñas de neón cada noche y de su mirada cuando reconocía una de mis mentiras.
, que iba a hacer ahora, ya no me recordaría, no me reconocería, no me aceptaría, solo me queda seguir mirándola, desde lo lejos, como abraza a mi osito de peluche, como lo estrecha contra su pecho como si soñara con volver a verme, como miraba al cielo y al suelo buscando pistas, ganas para salir adelante, anhelando un pasado olvidado ya, intentando recordar mis manos, mis sueños y mis promesas. Sentimientos ahogados en formol, esperando ser devueltos a la vida algún dia pero sin ninguna gana a la vez, intentando tejer el hilo de una ilusión ya deshecha. El separarnos significó dolor, pero el saber que no puede acordarse de mí, no causa más que destrucción, arrasa con mi vida mientras se desvanece la suya.
Mi abuela, mi querida abuela, enemiga y compañera, cómplice y soñadora, de mirada furtiva y piel con olor a esperanza, quien nos iba a decir que nuestras voces sonarían tan bajas como para no oírlas, quien nos iba a decir que ni siquiera nosotras volveríamos a escucharlas, que nuestro balcón terminaría derrumbándose al igual que todas las promesas que nos hicimos, quien nos lo diría, porque aquel que nos lo dijera, debería haber sido un genio, un artista, como me decías tu de aquel que consiguiera separarnos, y mira ahora. Ni siquiera existe, es una ilusión, algo que está y no está, algo de lo que no puedo vengarme ni luchar contra ello, algo que no puedo mitigar con morfina ni erradicar pensando, incluso, en nuestro más bonito recuerdo.
Sé que tú ya no puedes, pero yo siempre me acordaré de nuestro pasado, me acordaré de ti y de mí, de nosotras.
No hay comentarios:
Publicar un comentario