
Se sentaba todas las tardes en el banco de la izquierda, siempre con ese vestido amapola y sus zapatos desgastados. Escondía en vano su tortura, su soledad, abrazaba con todo su ser a aquel peluche, un oso viejo y desgastado, el cual seguía con la capacidad de meterse por las pupilas y castigarlas hasta que derramaran las primeras lagrimas de la mañana. Mirarla era una trampa para los corazones, un pecado para los ojos y una pugna para el alma.
Yo recordaba el eco de su grito, estaba en mi memoria, era un recuerdo ardiente que me quemaba cada vez que volvía a verla. Cada una de las partes de su cuerpo olía a desdicha ahora y su corazón debía estar marchito de tanto dolor, pero, ¿que sentía en realidad ella? Nadie lo sabía, todos la rodeaban y nadie paraba, nadie se preocupaba de cuando le había salido la última arruga o de si tenía el vestido manchado, de si sus uñan estaban ya desgastadas y amarillas o de si sus rodillas sollozaban de dolor, de por donde habían pasado sus cansados pies ni de porque su voz era de línea descendente. Nadie sabía que paseaba por su mente y ella gritaba en el silencio para que la escucharan. (...)
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